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MIÉRCOLES | 2. PIZZERÍA

Historia: Miércoles - Capítulo: 2 de 9999

Caminando voy, caminando vengo.

Me paseo por las calles y veo que todo ha cambiado.

Pero nada es diferente.

Nuevas personas hacen las mismas cosas que otros antes hacían.

Los mismos edificios están más viejos.

Y los más viejos se han renovado, de vuelta al pasado.

Un señor se cruza en bicicleta.

Es un hombre mayor.

Los pocos pelos que tiene son de color blanco intenso.

Saluda y sonríe.

Sonrío y saludo.

Cruzo la carretera y entro en La Pizzería.

Tan bien decorado como siempre ha estado.

-Aún es demasiado temprano, caballero.

El camarero es alto, lleva un elegante uniforme blanco y rojo.

Un sombrero y una sonrisa.

-Tomaré una cerveza entonces. Si es posible.

Sonrío y sonríe.

-Por supuesto.

Se aleja. Me siento junto a la ventana.

El camarero regresa a los pocos segundos.

Trae consigo una buena jarra.

Dos tercios de amarillo intenso y uno de jugosa espuma.

La cerveza perfecta.

-Thank you bro, -le digo.

Me mira con asombro.

-¿De dónde vienes?

-Yo vengo del Sur, señor.

-Perfecto.

Se aleja.

Y yo me tomo la cerveza.

¡Qué gusto da tomarse una buena cerveza consigo mismo!

Habré estado aquí más de mil veces, sin duda.

Y sin duda es uno de mis lugares preferidos.

Este es uno de esos sitios donde se reúne la gente guay del planeta.

Dejo la jarra vacía sobre la mesa, junto a un par de monedas.

Y me dirijo al baño.

Pero no entro al baño para hacer pipi-pipi.

Entro porque sé lo que busco.

Y lo que busco allí está.

Hay una puerta cerrada.

Un letrero dice: “Prohibido el paso”.

Pero no está cerrada de verdad, solo lo parece.

Solo una persona curiosa comprobaría si la puerta está abierta.

Y son solo los curiosos, efectivamente, los bienvenidos a este lugar.

Detrás de la puerta hay un pasillo, como siempre.

Está oscuro y huele a húmedo.

Al final del pasillo hay un par de cajas de cartón, y junto a ellas, otra puerta.

Basta con empujar para que esta también se abra.

En este lugar hay mucha más luz.

Básicamente porque no hay techo que lo cubra.

Todo está cubierto por el cielo y la luz del sol.

Cuando llueve se moja y cuando no, pues no.

Árboles y puentes entre los árboles.

Sobre todo, gente. Mucha gente.

Buena gente.

Unos que saltan y otros que duermen.

Unos que cantan y otros que escuchan.

Dos aquí y cuatro allí.

Todos juntos, pero cada uno en su onda.

Un mono me pasa de cerca. Tiene cara de cabrón, aunque me resulta agradable.

Estoy donde sé que estoy, encima de una superficie de madera que se sostiene en alto, agarrada con tres cables a las copas de tres altos árboles.

Es difícil mantener el equilibrio aquí arriba.

Cuanto más me muevo, más se mueve la plataforma.

No es fantasía, es imaginación.

Solo hay un modo de bajar de aquí.

Miro el río que hay debajo.

Un grupo de amigos me están observando.

Ya saben que he vuelto.

Gritan y me animan a saltar.

Salto.

El agua está de puta madre, perfecta.

Saco la cabeza pero cinco manos me la vuelven a meter debajo del agua.

Me estoy riendo, el agua entra en mi garganta.

Dejo de reirme.

Qué cabrones, vaya bienvenida.

Me dejan respirar.

-¿Qué pasa tio?

-¿Por dónde andabas?

-Por ahí, como siempre.

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